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Actualidad

La capacidad intrínseca

El reto que supone para muchos países del planeta el fenómeno del envejecimiento creciente de la población es una auténtica prioridad.  No solo en los países plenamente desarrollados, sino también en aquellos con economías de ingresos medios y bajos, donde la velocidad con la que se está produciendo el fenómeno del envejecimiento desborda todas las previsiones. 

No es una noticia de actualidad, llevamos muchos años oyendo hablar en diferentes medios de la inversión de la pirámide poblacional. De hecho, el envejecimiento de la población se inicia en el siglo XVIII con las reformas estructurales y culturales que condicionan una mayor equidad en el reparto de riquezas y una mayor secularización del pensamiento. Inicialmente se produce un incremento del tamaño de la población y posteriormente una estabilización y la modificación de su estructura por edad y sexo.  

La natalidad, mortalidad y los movimientos migratorios (transición demográfica) condicionan el tamaño y la estructura, mientras que los cambios en los patrones de enfermedad (transición epidemiológica), una mayor longevidad de la población. Las infecciones, transmisibles y de curso agudo, son reemplazadas por enfermedades no transmisibles y de curso crónico.

En este escenario, la Organización Mundial de la Salud (OMS) en su informe “Informe mundial sobre envejecimiento y salud”, introducía nuevos conceptos no solo del ámbito biomédico, sino también desde una perspectiva sociológica, moral, política y económica, de gran interés para aquellos encargados de la atención a las personas mayores.

Entre ellos destaca la Capacidad Intrínseca, entendida como el conjunto de las capacidades físicas y mentales de un individuo, que está marcada por una serie de condicionantes que abarcan desde la herencia genética hasta las características de salud del individuo (comportamientos y hábitos de vida saludables, cambios fisiológicos del envejecimiento, factores de riesgo, enfermedades y lesiones, etc) y ciertas características personales que incluyen desde el sexo y la raza hasta aquellas que son el reflejo de normas sociales, incluyendo la actividad laboral o el papel de la mujer en las distintas culturas. 

Esta capacidad intrínseca dota al sujeto de unas habilidades funcionales que le debieran permitir afrontar los retos que el entorno genera. Cuando ello no es posible, aparece la discapacidad que, en consecuencia, no es sino el resultado final de una relación dialéctica sujeto-entorno. 

Cuanta mayor distancia haya entre nuestra capacidad intrínseca y los retos del entorno, mayor será nuestra reserva funcional para hacer frente a los crecientes desafíos de ese entorno y, en consecuencia, mayor será nuestra resiliencia, término últimamente muy de moda pero que, como puede verse, no es sino la modernización terminológica de la vieja reserva funcional.

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